UN TROZO DE VENTANA AL MUNDO
Recuerdo que cuando nació tuve el presentimiento de que algo
sucedía. Se veía normal, estaba saludable, nada parecía indicar la presencia de
algún problema. Sin necesidad de ser estimulada, comenzó a gritar y llorar inmediatamente…
y no paró hasta muchos años más, casi sin parar.
Intentamos dejarla en un jardín infantil, pero duró solo una
hora y nos echaron inmediatamente entre gritos. No habían podido soportar sus
gritos. Este era el comienzo.
Desde un comienzo rechazó mi leche y sólo un mes más tarde
conseguí darle un poco. Rechazaba todo ya que tenía reflujo. En el sistema
público se negaban a darle tratamiento ya que no bajaba de peso, y en forma
particular no tuvimos los recursos. Eso, sumado a alergias que le daban en la
piel, le impidieron desarrollarse como la mayoría de los niños. Sufría día y
noche sin poder hacer nada más que soportar dolores. También tenía un
estreñimiento severo, por lo que al menos una vez a la semana, la llevábamos al
hospital para sacarle con la mano las deposiciones. Sangraba en ellas, y
sangraba regularmente por la nariz.
El tiempo pasaba y pasaban el reflujo, las alergias, pero
ella seguía gritando y llorando día y noche, y rechazaba a todos menos al
padre. Yo estaba incluida en “todos”. Jamás gateó ni mostró intención de
desplazarse. Simplemente un día se paró y caminó como si lo hubiera hecha desde
hace meses. Al sacarle los pañales jamás tuvimos problemas con la orina
nocturna, pero con las deposiciones se demoró años en controlar. Siempre con
sangre. Esto sumado a sus gritos y llantos, fueron la razón por la cual la
echaron de algunos jardines infantiles, y luego de la escuela de lenguaje. Ya
podía desplazarse, y era capaz de tirar sillas contra la pared entre otras
cosas. Las parvularias debía tomar licencia después de un episodio de rabia.
Quedaban lesionadas por sus golpes. No conseguíamos ayuda, y cuando lográbamos que la evaluaran
nos decían que era demasiado pequeña para hacerse algún tratamiento.
Los años seguían pasando, y ella seguía sin dormir,
gritando, pateando, y con problemas para ir al baño. Le costaba hablar y su
mundo se reducía a la relación con su hermano. Entonces fue evaluada por u
terapeuta ocupacional. Nos explicó que ella tenía hiper sensibilidad en algunas
áreas, e hipo sensibilidad en otras. Las indicaciones que nos entregó fueron
cruciales para comenzar con algo que se pareciera a avanzar. En ese momento no
podíamos salir con ella fuera de la puerta de la casa. Poco a poco, mes a mes,
fuimos llevándola hacia la plaza. Debíamos sacarla hasta un segundo antes de
que ella explotara y devolvernos. Ese momento cada vez se extendía más en el
tiempo y así logramos salir. El sentido de eso es que el niño no tenga la
frustración por anticipado, de la frustración de llegar a un lado y hacer un
escándalo de proporciones. Esto resultaba. Ella es hiperlaxa y tiene la
capacidad de poner la cabeza en la espalda, situación que causaba miedo en las
personas que la veían curvarse enojada.
Por otra parte, trabajar con texturas permitió que ella
pudiera poner los pies en las zonas donde también pasaban hormigas, y tocar
algunas otras cosas. Sobre la motricidad gruesa, jugar con ella a empujones
tuvo un efecto de tranquilidad al menos temporal.
Cuál fue su primera experiencia placentera? Es difícil de
decir, pero no porque no nos acordamos en el tiempo, sino por lo relatado. No
tuvo sonrisa social, no era un bebé que se riera con algo… quizás el agua de la
ducha. Imaginen hacerse esta pregunta… tu hija no es feliz… sólo conoce el
dolor, la incomodidad… no esperamos eso para los hijos. No esperamos ni
imaginamos que nos rechazará, que no sabemos cómo hacerlos felices, cómo
aplacar sus dolores, que no podamos entender lo que les sucede… dónde están
realmente.
Entonces conversando con una psicóloga, nos dijo que en
casos como éste, donde hay dificultades, muchos padres eligen no hacerse cargo,
hacerlo a medias, y crean un infierno para estos niños. Hay otros, que aun
cuando actúen más desde el cariño que desde el conocimiento, eligen estar con
ellos, y hacerles un cielo de mundo.
Ni su padre ni yo nos habíamos cuestionado tal cosa, pero no
sabíamos dónde estaba ese cielo. Sentíamos que nuestra hija era un gran y
sonoro lamento. Yo ni siquiera podía tomarla físicamente. Jamás salía sola con
ella porque no tenía la capacidad de recogerla del suelo, de seguirla cuando se
escapaba a la calle… más de una vez llegó carabineros a ver qué sucedía, un
guardia, un vigilante…
Yo no sabía cómo contenerla y me apoyaba mucho en su padre.
Pero sospechaba que era necesario que superara eso. No podía… pasaba horas
luchando con ella. Tampoco este camio era el que ella necesitaba.
Entonces una psicóloga me dijo que debía sostenerla, lo que
en la práctica debía expresarse en acompañarla, sentada, sin hacer nada más que
estar recibiendo sus gritos. Sin tocarla por un tiempo, y luego en un lugar
donde ella no se sintiera amenazada. Cuál me preguntaba??? Si un día casi se
rompe la nariz rechazándome… en la pantorrilla me indicó ella. Yo no entendía
cómo funcionaba todo eso, pero debía confiar. Al cabo de algunas veces de vivir
esos episodios, un día la vi sobre la cama, y eso como si ella hubiera cambiado
de tamaño. Por primera vez me daba cuenda de que en mi psiquis la percibía como
un gran monstruo contra el cual nada podía hacer yo.
Ahora disminuía hasta llegar a ser tamaño real, de una niña
muy asustada, que necesitaba algo que la ayudar a protegerla del mundo.
Recién en ese momento sentí que estaba en condiciones de
aprender a leerla. Decidida a no delegar las dificultades que iban surgiendo en
su padre, comencé a acompañarla en los momentos en que se sentía más mal…
(siempre se sentía mal).
Junto con la forma de comenzar a tener contacto físico con
ella, también debía sentarme con ella, sostener sus gritos, pateadas, y todo
tipo de agresiones. Era simplemente permaneces sentada en el suelo, sin decir
ni hacer nada. Por primera vez durmió de noche.
Sin embargo, esto no se extendió a otras áreas, y continuó
transitando por distintos jardines agrediendo a todos y sin control de
esfínter. Buscábamos ayuda en consultorio, centros de atención psicológicas… pero
sólo nos intentaban enseñar hábitos, o decir que era demasiado pequeña para
otros tratamientos. Ni hablar de dar un diagnóstico. Nosotros queríamos uno,
pese toda la resistencia que hay frente a ello puesto que se destaca sólo el
lado malo. Esto es, que se etiqueta a la persona, que comienza a comportarse de
manera que siga calzando en dicho diagnóstico. Estando conscientes de ello,
pensamos que un diagnóstico permitiría dar lineamientos específicos para un
tratamiento y acceder a la ayuda del sistema público que otorga a los colegios.
Después podríamos ocuparnos de la victimización y esas cosas.
Acá con escasas palabras de buena crianza, es que seguirán
apareciendo opiniones como ésta. Incluye también, no pensar que esta situación
se trata de un regalo de Dios, que nos da amor y conocimiento. Sin ahondar en
la discusión sobre lo religioso, en momentos nos hemos quedado en factores y
dimensiones mucho más concretos. La queremos más que a nada en el mundo y el
camino ha sido muy difícil. Ha habido más frustraciones que otra cosa. Ver que
crece y que no hemos podido procurarle una cantidad un poco mayor de felicidad,
y que en la medida que crece y surgen sus preguntas, sentimos que no tenemos
qué devolverle en cuanto a recuerdos… casi no hay anécdotas donde ella dijo una
palabra chistosa, un paseo al parque… que terminaba siempre con ella en el
suelo, hecha caca, gritando, retorciéndose…
Y en medio de todo esto, yo ya lograba tocarla, y ella ya no
me rechazaba tanto a veces podía soportar que le tomara la mano. En cambio, con
su hermano tenía un vínculo absolutamente simbiótico. Su mundo era él, siempre
estaba preocupada de lo que le sucediera… si el hermano se sentía mal ella lo
consolaba, y si no lo conseguía, buscaba a quien pudiera ayudar. Si no estaba,
se ponía pálida y no se movía hasta que no regresara. Dado que él pasaba
internado en el hospital, a causa de una enfermedad genética que tiene, su
tristeza era frecuente.
Fuera de esto, no manifestaba intención de comunicarse con nadie más. Pero
algo nos decía que gran parte de su situación podía atenuarse con buenos
tratamientos, con persistencia y amor.
Finalmente logramos conseguir psiquiatra y terapia
ocupacional. Ya había pasado por escuela de lenguaje, ya que también tenía
problemas del habla. Esperamos durante dos años más a que corriera la lista de
espera para atención psicológica, y nos volvimos a cambiar de centro, esta vez
a un COSAM donde inició tratamiento psicológico, psiquiátrico y con terapia
ocupacional.
Llegamos a un colegio, que al ver cómo es ella, dijeron
“vamos a sacarla adelante, es un desafío para nosotros”. Si bien es cierto que
en la escuela de lenguaje nos habían dicho que debíamos cambiarla a colegio ya
que se estaba aburriendo en jardín y eso agravaba la situación, aun cuando
tuvieran razón no duraba más de una hora en el colegio, no podía asistir
realmente. El colegio nos pidió que la lleváramos de todas formas, que hiciera
el ejercicio de cruzar la mampara, sentarse en la sala y decir presente.
Los meses pasaron y ella iba avanzando precariamente en lo
académico. Estaba prácticamente desescolarizada. Entonces les pedí, que ella
asistiera y tomáramos el tiempo para ver cuánto resistía. Entonces la
retiraríamos un momento antes de que explotara y tirara mesas contra las
paredes. Luego, la dejaríamos unos minutos más… y luego un poco más, hasta
poder resistir toda la jornada.
También conseguimos que hiciera cosas como arreglarse. A
veces se hacía moños, y partía expectante porque habría alguna actividad, pero
luego teníamos que ir a buscarla, y lloraba sin parar. Nos demoramos casi dos
años en conseguir que se quedara.
Muchas veces sucedió eso…. Incluso se metió a clases de
ballet, compramos su uniforme… jamás la habíamos visto interesada en algo, pero
pronto tuvo que dejar de ir. Sus “pataletas” no le permitían adherir a ninguna
actividad social.
Hasta ahora no hemos vuelto a ver esos ojos luminosos, esa
cara de felicidad, ansiosa por ir a la clase.
En el colegio trabajaron día a día para acercarse a ella,
que aceptara una mano o que mirara a los ojos. De manera sostenida han mostrado
cariño y comprensión. Ella no resiste el ruido de la gente, la concentración de
personas, las horas de clases, las texturas. Así que tenía autorización de
tomar las cosas a un ritmo propio. En inspectoría le tenían lápices, plumones,
juegos y hasta una cama en la enfermería donde dormir. En los recreos giraba
colgada de un árbol, en clases giraba en la sala… y si quería hablar poco le
entendíamos.
Sobre todo los primeros años parecía que todas las puertas
estaban cerradas, y todas sus ventanas hacia el mundo también. Relacionarnos
casi exclusivamente por medio del dolor era una sensación devastadora. Pero
pese a estar separados con su padre desde hacía mucho tiempo, en el momento en
que alguno de nosotros os veíamos superados por el cansancio físico y
emocional, estaba el otro que podía relevar turno mientras uno se recuperaba en
parte. Cansados, de noche y de día, momento a momento, un día comenzaron a
suceder cosas lenta lenta muy lentamente, formando un pequeño pasaje hacia
nuestra hija, hacia su interior. Al poder acompañarla, al poder esperar hasta
que ella se sintiera capaz de tomar mi mano y no sentirla como algo amenazante…
a veces sucedían cosas como esa.
El mundo se llenó de pequeñas señales. Reaccionó a un te
quiero, se dejó abrazar por mí (en el jardín nadie podía tocarla al igual que
en otros lados). Y dibujaba. Un día dibujó dos caracolas, una madre sonriente y
una hija, pegada al caparazón de la madre, triste. Porqué está triste? Porque
está sin su mamá me respondió. Pero yo veo que están juntas, le dije. Sí, están
juntas que la mamá no está… yo me sentía mal, y ella se daba cuenta de que la
atendía, pero con el resto de mí en otro lado. Estaba percibiendo el mundo, y
lo explicaba por medio del dibujo. Un nuevo lenguaje surgía para conocerla.
Mirarlos, preguntarle, mostraban aspectos interiores nunca antes vistos.
Durante meses dibujó un muñeco fragmentado con sus partes
diseminadas por toda la hoja. Al cabo de un largo tiempo, esos dibujos fueron
acercando las partes, y el color fue menos recargado, aunque siempre de un
negro intenso. Un día, no era precisamente un muñeco humano como siempre, sino
que una Llama remendada. Cocida por todas partes. Cuando le pregunto sobre
ella, me responde que la madre juntó sus partes rotas y las zurció. Ahora
estaba arreglada.
Recién con este tipo de episodios sentimos que habíamos
construido una pequeña parte de una ventana hacia su interior. No sabíamos y
aun no lo sabemos, si un día esa ventanita podrá completarse. En el fondo
pensamos que no, pero hasta el momento no hemos descansado en el largo camino
hacia ella, para que a su vez ella pueda mirar el mundo.
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